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La historia de nuestro sufrido corresponsal en Europa

Arón Gallardo quería vivir en una ciudad a orillas del mar. Una ciudad con cerros que se abalanzaran sobre las olas, como Valparaíso, pero sin tanto olor a pichí. Quería que hubiera tantos árboles que fuera imposible ver las calles, los tejados oxidados y a la gente.

Siempre elucubraba en voz alta cuánto disfrutaría una ciudad bohemia infestada de bares y librerías, incluso hablaba de bares con librerías añadidas, museos y galerías de arte que funcionaran hasta la madrugada, aunque nadie entrase. Una ciudad en la que extraviarse fuese un agrado. Un lugar donde se pudiese llevar una vida digna, justa. Eficiente.

Y se fue a vivir a un lugar así. Reunió sus ahorros y contrató un servicio de coyotes ilegales que lo dejaron sin un céntimo en la frontera de un país cuyo nombre no era siquiera capaz de pronunciar. Fue una noche de lluvia y frío en que casi murió de hambre y tristeza...

Valiéndose de gestos y aspavientos logró a duras penas sobrevivir y mantenerse fuera del alcance de los agentes de migración. Llevándose la mano a la boca y arqueando el ceño como los perros, logró que algún curioso le diera un poco de comida. Luego tuvo que desplegar una performance de pantomima frente al regente de un restaurante que le miraba extrañado hasta que por fin entendió lo que trataba de comunicar y accedió a pagarle un discreto salario a cambio de realizar todo tipo de labores desagradables y denigrantes. Fue tal el entusiasmo con que enfrentó su empleo que rápidamente los lugareños fueron encargándole todas las tareas que odiaban realizar. Limpiar letrinas, bañar ancianos, recoger animales atropellados, etcétera. Al poco tiempo, Arón fue aumentando sus ingresos y no tardó en enviar las primeras remesas de dinero a su familia. Jamás imaginó que en tan poco tiempo dejaría de dormir en la bodega del restaurante para irse a vivir solo a un pequeño apartamento. Hasta se compró un auto.

Nosotros nos enterábamos por sus familiares que no dejaban de comunicarle a todo el mundo lo bien que estaba el muchacho en Europa. Quizás desconcertados por la cantidad de dinero que enviaba cada mes, no tardaron en pedirle y luego exigirle que recibiera a todos sus primos mayores de edad. Fueron estos mismos quienes, atemorizados por las pellejerías que debió sufrir y que narraba de manera arrogante y exacerbada, finalmente decidieron no ir.

Un día me escribió una carta. Me preguntaba cómo estaban las cosas por acá y sobre su familia, arguyendo que necesitaba una opinión externa para saber qué estaban haciendo realmente con el dinero que les enviaba. También aprovechó de contarme un poco cómo era la vida allá. De sus párrafos pude inferir que:

1) hace un frío insoportable, sin embargo todos los lugares son confortables..
2) la cantidad de borrachos es ostensiblemente menor que aquí
3) las mujeres son bellísimas pero algo apagadas.
4) las micros allá son pulcras y puntuales.

De Dios allá casi no se habla. Las mujeres pasean tomadas de la mano y los hombres se acarician y abrazan en un gesto que va más allá de la cordialidad.

“algo sucede acá que allá no ocurre, obviedad de obviedades, pero me refiero a algo que no logró identificar. Y menos aún sé cómo enfrentar. Hecho de menos las parejas heterosexuales besándose en el Parque Forestal o en la fila de Fantasilandia. Hace tanto tiempo que no veo unos canutos gritando en una esquina que creo que me detendría a escucharlos un rato antes de de espantarlos lanzándoles agua hirviendo con un termo…”

Curioso comentario. Lo primero que pensé es que le hacía falta una mujer. Decidí escribirle y darle mi opinión, además de ponerle al tanto del impúdico despilfarro en el que habían caído sus parientes, nada acostumbrados a que el dinero les sobreabunde.

Al poco tiempo recibí su respuesta. Partía maldiciendo a su familia y pidiéndome eufemísticamente que me convirtiera en su soplón. Luego se refirió a mi tímido comentario diciendo que eso era prácticamente imposible. Allá nadie le habla. Él cuenta un chiste y nadie ríe. Las escasas ocasiones en que le hizo algún comentario pícaro a alguna chiquilla lo quedaban mirando espantadas como si se tratase de un chimpancé acariciándose las zonas erógenas y golpeando con los puños el suelo.

La última ocasión en que mantuvo algo parecido a un diálogo fue cuando fue asaltado por un par de compatriotas. ¡Vaya manera de hacer patria! En un desesperado esfuerzo por reivindicar la dignidad nacional, decidió dejar en el olvido e impune tan aciago hecho.

Ciertamente no es feliz.

A veces me llama por teléfono y hablamos durante largo rato. Me narra su vida ahora que se convirtió en micro empresario, maneja una flota de inmigrantes ilegales que venden cuellos de polar en distintos puntos de la ciudad. Me pregunta cómo le va a Wanderers en el campeonato. No haya la hora de regresar porque echa de menos, y cuando le pregunto qué es lo que echa de menos, cambia abruptamente de tema o se queda en silencio sin saber qué responder.
Ah, y escribe mensualmente para La Gran Arcada. Gratis.

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